Crónicas del Doré #4: Decide
Robots, gangsters y mejores personas.
Veinticinco años antes de The Wild Robot, Brad Bird estrenaba The Iron Giant, una de mis películas no sólo favoritas sino fundacionales, de esas que usaría para explicar quién soy y en qué creo. Todas las películas de “robots buenos” que la sucedieron la citan de una forma u otra. Cuenta la historia de un robot que no se sabe de dónde vino, si de Marte o de la URSS, que se golpeó la cabeza y no recuerda su propósito. Un niño lo encuentra y le enseña que puede decidir ser un villano o un héroe, como Superman.
En medio de un conflicto, el robot recupera su programación original: fue diseñado para ser una máquina de matar. En una de las secuencias más hermosas del cine, el robot está por asesinar al niño, y éste le dice “tú eres quien decides ser…”, entonces, extendiendo sus brazos como Superman, el robot se sacrifica para salvar al pueblo de una bomba nuclear.
Lo bueno de ver muchas películas en un fin de semana y obligarme a escribir algo sobre ellas es que se empiezan a crear conexiones inesperadas entre ellas. La película del Doré fue Carlito’s Way (1993; Dir. Brian de Palma; 144’). A priori uno pensaría que no tiene ningún punto en común con The Wild Robot (2024; Dir. Chris Sanders; 102’). La primera es sobre un narco ex-convicto que quiere cambiar su vida y dejar de lado el crimen. La segunda trata de un robot perdido en un bosque, sin propósito, sin rumbo. Pero en realidad ambas tienen como centro el mismo tema: la voluntad de modificar quiénes somos, de ir en contra de nuestra naturaleza para poder ser distintos.
Los espectadores ya sabemos que la historia de Carlito no tiene un final feliz porque la película empieza con la última escena, donde recibe un balazo en el pecho en una estación de tren. Carlito sale de la cárcel porque el proceso por el cual había sido enjuiciado fue ilegal. En la segunda escena, ante el juez, afirma ser un hombre nuevo. Dice que esos cinco años de encierro lo convencieron, que él ya no quiere ser un delincuente: “Señor Juez, usted me condenó a treinta años, pero sólo hicieron falta cinco para que cambiara”. ¿Miente Carlito? ¿Por qué si dice que no va a delinquir nunca más termina siendo asesinado en la vía pública?
Carlito viene de una comunidad portorriqueña en Harlem, NYC, un entorno en donde parecería que las únicas opciones son ser narcotraficante o drogadicto. En su discurso, Carlito dice que de niño él ya era “a mean little bastard” (en criollo, un hijoeputa). Es un lugar común pensar que los pobres roban porque “no tienen opción”. Están quienes defienden esa postura, y quienes pensamos que uno siempre tiene una opción, por más difícil que sea optar por ella. Carlito sale de la cárcel con una fuerte creencia en sí mismo. Sabe que será difícil no meterse en problemas mientras forme parte de la misma comunidad delictiva, por lo que su plan es irse a las Bahamas y ser parte de un negocio tudu bom tudu legal. Carlito juega en contra de las reglas de su propio mundo, en contra de sus mismos instintos. Él quiere ser mejor de lo que fue.
Mientras tanto, en el bosque, un robot despierta. Rozzum 7134 fue programada para ayudar a los humanos en cualquier tarea que le propongan. Su lema es “A Rozzum always completes its task” (un Rozzum siempre competa su tarea). Pero en el bosque no hay humanos, sólo animales. Y donde no hay humanos, no hay tareas. Roz pasa los primeros minutos de la película escuchando el “idioma animal” para poder traducirlo y entenderlo. Luego ofrece su ayuda a las distintas criaturas, quienes le devuelven el favor maltratándola, llamándola “el monstruo”. Pero ella sigue con su misión, pues para eso fue programada, hasta que en un accidente asesina a una familia de gansos. Roz rescata al único sobreviviente, un pequeño huevo. Lo incuba hasta que nace un ganso, quien cree que el robot es su madre. Roz no sabe qué hacer con el polluelo. No entiende por qué la sigue a todos lados, qué espera de ella. Finalmente, una zarigüeya le dice que su nueva tarea es ser la madre del ganso, lo cual implica, según Roz, los siguientes tres pasos: alimentarlo, enseñarle a nadar y a volar antes de que llegue el invierno.
Los robots funcionan como una metáfora de lo duras, tercas e intransigentes que podemos ser las personas. Fueron “hechos así”, no tienen control sobre sus personalidades. Tienen un código que les dice cómo ser y cómo actuar ante cada situación.
Sin explicar cómo, entendiéndose dentro de la diégesis como un misterio, Roz logra sobreescribir su propio código para poder convertirse en una madre. La película conecta la hazaña con “el poder del amor”. Roz cambia porque alguien la ama, y al parecer, eso es suficiente. Ser amado basta para amar, y el amor es motor de cambio, incluso para aquellos que somos duros, tercos e intransigentes.
Carlito también tiene un código que le indica cómo actuar. Su novia, Gail, le dice que él nunca va a cambiar porque sigue el supuesto código de la calle con el que creció, ese que le prohíbe dejar una deuda sin saldar, o traicionar a un amigo. Lo curioso es que la caída de Carlito se produce no sólo porque él no abandonó el código, sino porque el código no era tal y todos sus amigos lo traicionan.
Roz no está programada para ser madre, Carlito no está programado para moverse en la legalidad. Sin embargo, ambos se propusieron cumplir con sus tareas y modificar sus personalidades y sus destinos.
Está en cada uno de nosotros decidir quiénes somos. Nuestro pasado nos limita, quizás, pero no nos define. Reescribir nuestro código es un trabajo arduo pero gratificante. Yo sé que no soy la misma que hace diez años, y sé también que no seré así en veinte. Desde muy chica entendí que soy la persona que más me conoce. Me decía a mi misma “nadie más sabe cómo cagás”. Cada uno de nosotros tiene acceso infinito e irrestricto a una sola persona, y esa es la única a quien podemos controlar y cambiar verdaderamente. You are who you choose to be…1
“Tú eres quien decides ser.”




