Saiba
A los pocos días de empezar a salir, le dije a Santiago que escuchara una canción que me parecía muy linda. Se la mandé y me dijo que se puso a llorar.
La canción era “Saiba” de Adriana Calcanhotto. Si nunca la escucharon, les pido que antes de seguir leyendo esto lo hagan. Mis palabras no tienen sentido sin conocer previamente las de ella. Y si no saben portugués no se preocupen, desde el español es bastante sencillo comprender qué es lo que dice la letra: que todos somos humanos, que hay experiencias básicas que nos suceden a todos, no importa lo que hagamos con nuestra vida. Que todos tenemos miedo, que todos fuimos alguna vez niños, que todos vamos a morir.
Mi mamá compró el disco Adriana Partimpim en algún momento de mi infancia. No recuerdo cuándo exactamente, y tampoco importa demasiado. Mi mamá tenía una Berlingo azul con la que nos llevaba a todos lados. A la escuela, a las clases de batería y pintura, a la costa. Le decíamos “el milagro azul”. En el Milagro Azul no entraba la radio, y no importara qué tan corto fuera el viaje siempre escuchábamos música. Aunque fueran una o dos canciones. El Milagro Azul siempre era un concierto.
En el Milagro Azul se escuchaba la música que mi hermano y yo queríamos. Mi mamá aceptaba nuestros gustos, incluso si no eran del todo de su agrado. Recuerdo que los viajes largos me gustaban porque significaban más tiempo de cantar con mi familia. Escuchábamos los Beatles, distintos soundtracks (mención especial para los de Shrek y Shrek 2), Leo Masliah. Y un día se sumó al repertorio Adriana Partimpim.
Cuando estaba en 2do año del secundario mi mamá tuvo un accidente con el auto y decidió venderlo y no comprar otro. El Milagro Azul llegaba a su fin, y con él morían también las jornadas de canto en la ruta. El accidente se llevó consigo la oportunidad de cantar con mi mamá y mi hermano.
Yo había puesto todos los CDs en un porta CDs, de esos redonditos que tienen como un gel que lo hace acolchonadito por si se caen. Los CDs vivían en el auto, y no había suficiente lugar para dejar a cada uno con sus cajas de plástico, que además se rompían más fácil. Cuando murió el Milagro Azul, los dos porta CDs se llenaron de polvo en mi escritorio. Yo ya tenía un iPod donde cargaba toda la música que quería escuchar. Escuchar música dejó de ser una experiencia colectiva. Ya nadie cantaba con nadie. Ya nadie escuchaba lo mismo que los demás.
Años más tarde, cuando conocí a Santiago, la música volvió. No sólo le gustaba la misma música que a mí (con algunas diferencias, claro) sino que además tocaba espectacularmente la guitarra y tenía una sensibilidad enorme. Hablo en pasado pero no debería, porque todo esto sigue siendo cierto, y a medida que pasa el tiempo es cada vez más verdadero.
Cuando Santiago me dijo que se había puesto a llorar con Saiba yo también lloré porque me di cuenta de que este chico era (…). Perdón, no hay palabras para describir lo que sentí y lo que siento. No lo puedo definir, sólo puedo sentirlo en el cuerpo. Es difícil nombrar mientras se siente, y yo vengo sintiendo hace cinco años y prefiero seguir así y no poder jamás nombrar qué es lo que me pasa.
Cada tanto Santiago agarra la guitarra y se pone a tocar algún tema que sabe que me gusta y que me sé. Me invita sin decirme nada a cantar con él. Con Santiago revivió aquello que había nacido y muerto en el Milagro Azul. Y espero que nunca nada más lo mate.


El Milagro Azul segunda edición vendrá cuando pasee a los nietos. No rush!