Conociendo al monstruo
¿Por qué gustó tanto "Project Hail Mary"?
Sin repetir y sin soplar, películas del genéro “niño conoce monstruo”. Empiezo yo: E.T, The Iron Giant, Monsters Inc., Ron’s Gone Wrong, Arco, Splash, Project Hail Mary…
El género que yo llamo “niño conoce monstruo” no tiene por qué tener niños, y el uso de “monstruo” es muy amplio: puede ser un alien, un robot, un freak, un humano extraño. En definitiva, un monstruo es quien nos resulta ajeno, incategorizable. El género podría llamarse “Cuando Normal conoce a Anormal”. Se trata del encuentro entre dos mundos, uno que se nos presenta como el estándar y otro como el disruptivo. En estas películas el contacto no es conflictivo, sino cooperativo. No son historias de guerra, conquistas ni supremacías, sino de comprensión y amistad.
E.T es sin lugar a dudas la película emblemática de este género. Elliot, un niño terrícola, se encuentra un alien en su casa. No cabe dudas de quién es el normal y quién el anormal, ni quién es el niño y quién es el monstruo. Al principio, E.T es un enigma para Elliot, pero luego juntos aprenden a comunicarse, se hacen amigos. Elliot ayuda a E.T a volver a su casa y al final se dicen adiós.
Los géneros son simplemente categorías ordenadoras. Las películas que nombré siguen un principio básico: dos entidades diversas se conocen, sus mundos se chocan, comienzan un vínculo afectivo casi imposible, y al final, en general, se separan.
Monsters Inc. juega con la noción que el espectador tiene de los términos “normal” y “anormal”. Si bien su audiencia estuvo compuesta más que nada de seres humanos, son los monstruos los que conforman la normalidad en la película, y Boo, la niña, el elemento monstruoso. La película sigue perfectamente el canon del género: Sully conoce a Boo, a quien considera un monstruo. Se encariña, la ayuda a volver a su casa, y al final, en la escena más conmovedora de toda la historia del cine, se separan.
De The Iron Giant ya hablé dos veces, así que voy a dejar de ser reiterativa y saltar a la película que nos convoca: Project Hail Mary.
El doctor Grace (Ryan Gosling) despierta completamente desorientado en una nave espacial a once años luz de la Tierra. Sus dos compañeros de tripulación están muertos. Poco a poco va recordando quién es y cuál es su misión. Cuando finalmente llega a destino se da cuenta de que no está solo: una nave de otro planeta está en el mismo lugar que él. Ahí conoce a Rocky, un alien que parece una piedra con manos y patas pero sin cara.
Como ya vimos muchas películas sabemos cómo sigue la historia: Grace y Rocky encuentran la manera de comunicarse, se hacen amigos, se ayudan mutuamente, se necesitan, se quieren…
Es una película que vimos miles de veces, en forma de robots y niños, de aliens y humanos, de sirenas y Tom Hanks, y sin embargo ahí estamos, de nuevo, emocionados porque dos entidades lograron encontrar aquello que tenían en común a pesar de todas las grandísimas y evidentes diferencias. ¿Por qué funcionan tan bien estas historias? ¿Qué fibra sensible nos tocan? La respuesta está en el lenguaje.
En casi todas las películas de niño conoce monstruo hay al menos un par de escenas dedicadas al problema de comunicación entre ambos personajes. En general la manera de resolverlo es un poco vaga y más o menos la misma: el monstruo aprende el idioma del niño casi por ósmosis. Así es en Splash: la sirena, que hasta el momento hablaba en frecuencias que rompían vidrios, aprende a hablar inglés fluido sólo con ver televisión (¡Si tan solo mis alumnos españoles entendieran lo fácil que es aprender inglés viendo la tele en idioma original!). En Monsters Inc., el desencuentro idiomático tiene que ver con la diferencia de edad; la nena se hace entender con gestos, dibujos, y alguna que otra palabra. E.T y el Gigante de Hierro también terminan hablando un inglés rudimentario.
La película que mejor resuelve este asunto es Arrival, que aunque tiene humanos y aliens, no entra en este género porque el personaje de Amy Adams no genera ningún vínculo con los septápodos. Sin embargo, nos sirve para pensar más en profundidad algo que está también, quizás escondido, en las otras películas: qué es una lengua y qué quiere decir entender un idioma.
En Arrival, la protagonista es una lingüista que debe descifrar el idioma de unos aliens que han llegado a la Tierra. Lo que sucede es que al entender su lengua, Amy Adams termina comprendiendo la visión de mundo septápoda, que implica ver todo el tiempo a la vez: futuro, pasado y presente superpuestos. Si les gusta este concepto, les recomiendo Sirenas de Titán y Matadero 5 (en ese orden) de Kurt Vonnegut. Queda claro que, para estas tres obras, entender un idioma es generar una cosmovisión.
En cambio, en Project Hail Mary sí hay una idea más interesante. Al principio, Rocky le envía a Grace unas esculturas que representan lo que él quiere decir. Las primeras instancias de comunicación son icónicas (o sea, por vía de imágenes), como lo fue el uso de jeroglíficos en los albores de la escritura. Después, Grace usa su computadora para inscribir las palabras que Rocky dice. Empiezan por los números, y de ahí, mediante elipsis —que demuestran que los guionistas no tenían mucha idea de cómo hacer algo mejor— logran una comunicación compleja y bastante fluida entre seres de galaxias distintas.
Grace entiende a Rocky porque la computadora procesa lo que Rocky dice, traduce el texto y lo verbaliza. Rocky entiende lo que dice Grace por arte de magia, realmente nunca se explica el mecanismo invertido de esa comprensión ni se escucha que la máquina reproduzca las palabras de Grace en el idioma de Rocky. En fin, tampoco es que sea una película para lingüistas, entusiastas de la IA o profesoras de inglés obsesivas. Leo teorías.
Pero volviendo a la pregunta central: ¿qué tienen estas películas que nos resultan tan acogedoras? ¿por qué este género funciona tan bien?
Cuando dos niños se conocen, por más que vengan del mismo planeta, país, ciudad y barrio, no hablan el mismo idioma. A medida que se entabla un vínculo se establece un código común, se crea una cosmovisión conjunta en la que esa relación existe. No es el planeta Tierra donde se alberga esa amistad, sino el mundo que ellos mismos han creado, un mundo para ellos solos. Algunos le dicen a esto “intimidad”.
Los niños son quienes más flexibilidad tienen a la hora de generar este mundo, porque son además quienes más la necesitan. Si no tuviéramos a nuestros tiernos seis años la capacidad de acercarnos a un completo extraño y decirle ¿querés ser mi amigo? nos habríamos extinguido hace milenios. El niño no ve un monstruo, y por eso la amistad es posible. Los niños saben perfectamente bien que los monstruos son tan niños como ellos.
Cuando una relación se pierde, por el motivo que sea, duele mucho. Incluso si sabemos por qué la cosa terminó mal, qué no funcionaba, que es para mejor. El Talmud dice “quien salva una vida salva al mundo entero”. Cuando se pierde un mundo entero, lógicamente, sentimos que se perdió una vida. El duelo de haber perdido el mundo que habíamos creado, en el que una parte nuestra habitaba, es inconmensurable.
Grace deja atrás su mundo para continuar viviendo en el que creó con Rocky. En Project Hail Mary, el niño y el monstruo tienen un final de cuento de hadas: viven juntos felices para siempre.








Yo también me quedé pensando cómo Rocky entendía lo que decía Grace. Quizás iba aprendiendo a medida que Grace grababa sus sonidos en la computadora, no sé.